La casa de Mon

Mon vive en una vieja escuela abandonada en un lugar de acceso complicado. Se puede llegar a pie por la ruta difícil y a pie o a caballo por la “fácil”

El camino por el que venimos nosotros está “perdido”. Sólo se puede seguir o conociendo su viejo discurrir o utilizando un GPS con una de las rutas descargables y, eso sí, con un ojo en la pantalla y otro en lo que queda de la senda: Uno para no despeñarte, otro para no perderte por alguno de los tentadores desvíos que siempre parecen el mejor camino y nunca lo son.

Se progresa con lentitud porque, además, hay que ir apartando “el monte” para avanzar. Hay que ir abriendo paso entre tojos, urces y zarzas, es trabajoso… En algunos puntos los argayos han dejado la pista convertida en poco más que un pie donde apoyarse con cuidado de no resbalar. En fin, que lo que son, como mucho, cinco kilómetros de recorrido, pueden llevar dos horas de esfuerzo de concentración porque, por lo demás, no hay grandes desniveles ni dificultades.

Lo que primero llama la atención llegando a los dominios de Mon es un importante trabajo de cantería en un pedrero cuando ya casi avistamos el pueblo. Alguien, no él (“no se mucho de la labor de la piedra”) se preocupó de quitar las piedras del camino, hacer una pared protectora en la ladera y un enlosado en la caja de la pista que sorprende por su ejecución. El trabajo es digno de admiración por la dificultad que se adivina.

Más adelante un clareo de la vegetación que ocultaba el valle, permite ver por primera vez el pueblo” abandonado”. Vemos que hay signos de habitación porque el espacio circundante a las edificaciones aparece limpio y despejado. Unos pocos pasos más adelante oímos los perros. Nos han descubierto.

Hay que atravesar un puente hecho de toscos leños, llegan los perros seguidos de cerca por un hombrón que nos dice hola y avisa “no os preocupéis que no hacen nada”. La entrada del pueblo está cerrada con un travesaño de madera. La franqueamos.

“Buenas tardes ¡qué tal! soy Mon”; “Hola, lo sé, me habían hablado de ti”… “Soy Miguel” ”. (Estrecha la mano con fuerza y mirando directamente a los ojos) “Ella Bea… dos besos”.

Más de un metro ochenta, moreno de piel, ojos oscuros, pelo corto y negro; complexión fuerte, delgado y fibroso; muchos tatuajes de dudosa factura, tipo carcelario; rostro anguloso, rasgos duros, mirada franca con un aire extraño, entre divertida y curiosa con un deje enigmático.

No para de hablar, como se podía esperar (o no, según como lo pienses) de alguien que pasa muchas horas sólo. Vive en  este lugar desde que  lo hizo suyo tras buscar en un listado de pueblos abandonados. Lo eligió por proximidad a su pueblo. Conoce a los antiguos propietarios de muchas de las casas que amenazan ruina y fincas colindantes; cuenta con todos los permisos de ellos, también con sus esporádicas visitas. Al fin, no tenían nada que perder, ganan con el mantenimiento.

Mon vive en la vieja escuela del pueblo, un edificio cuadrado, relativamente moderno, de dos plantas. Habita en la planta baja, en una única pieza adaptada como cocina, dormitorio, comedor, taller de luthier, laboratorio de entomólogo. También sirve  para tener el “llar” que suministra el humo para los quesos que almacena en la planta superior. Conoce los nombres latinos de las especies de mariposas y escarabajos que colecciona en cajas muy profesionales para ser de elaboración propia; también de los hongos que ayudan con el queso. Ha hecho una gran labor de limpia de maleza, ha construido dos puentes, ha desbrozado la pista principal de acceso; está rehabilitando una vieja central hidráulica de dinamo; ha visto dos veces el oso merodeando y unas cuantas más sus huellas; nunca lleva el cazamariposas cuando ve alguna interesante, y cuando lo lleva no ve ninguna que le interese. El tambor que construyó con un bote de pintura y piel de cabra, con tensores de cuerda de esparto y goma de manguera (muy ingeniosamente) se oye muy bien y sabe tocarlo. Sabe disparar con arco, llegó a competir; no quiere pescar truchas porque “están mejor en el río que en la mesa”.

Su compañía son una cerda y sus lechones a punto de destete, una coneja para la que espera le traigan un macho, un burro, dos perros pastores (“muy eficientes”) una yegua  y un número indeterminado de cabras con las que tiene un acuerdo: las deja salir al monte a una hora adecuada si ellas vuelven a otra razonable (sobre las 18.30); ellas siempre cumplen salvo cuando alguna se enreda en alguna trocha y tiene que ir a rescatarla. Son tímidas y no asoman mientras estamos allí (“cosas de cabras”)

Nos enseña con sencillo orgullo todas las dependencias y parte de sus tesoros; no hace afirmaciones categóricas sobre nada, ni siquiera sobre su estancia; nada más allá de lo cotidiano. Sus costumbres se adaptan al día a día, a la necesidad suya y de sus animales. Está allí porque puede hacer lo que quiere. No es solemne ni en esto.

Nos cuenta muchas otras cosas y responde con amabilidad a nuestras preguntas. No hacemos fotos ni de él ni de la aldea, no lo consideramos apropiado. Tampoco el dar más datos identificativos de lugar o persona.

Quiere invitarnos a una cerveza antes de marchar, pero la batería está estrictamente racionada y no estamos seguros de encontrar la senda de vuelta, necesitamos el GPS. Hemos estado demasiado rato. Nos despedimos tras manifestar nuestro respeto y admiración. Creo que si volvemos le llevaremos gasolina para la motosierra.

Un honor y un placer

Sigue bien que los buenos sentimientos nunca sobran

Saludos, salud, sal

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